septiembre 29, 2009

+ Dormir es Morir un Poco +

Todo aquel que haya imaginado su propia muerte, con funeral incluido y una íntima ambición de fuga o descanso, sabe que, si la curiosidad mató al gato (aseveración misteriosa), en su propio caso es la curiosidad lo que lo mantiene vivo. En la alta noche insomne, cuando nos zumba la cabeza y la vida diaria parece una acumulación de humillantes trámites bancarios, embotellamientos de tráfico, tareas inconclusas y malentendidos de orden intepersonal, acariciamos a veces la idea de abordar prematuramente la barca de Caronte, como pasando el dedo por el cañón de un revólver virtual. Pero es sólo una puesta en escena de la mente malhumorada.
Cuando alguien muere, los demás gruñen que "la vida continúa". No es de extrañar que el muerto, abriendo un ojo desde el inframundo de la superstición literaria, aliviado ya de la desesperación financiera o sentimental, quiera saber también de qué manera (quién lloró de verdad, quién se va abrazado con quién, qué pelambres adornarán su memoria) sigue su curso la tediosa vida cotidiana que acaba de abandonar por su mano. Hablamos de los suicidas, claro está. Sobre todo, de los que no llegan a matarse porque se distraen en los preámbulos filosóficos. El occiso posible siempre desea enterarse de cómo siguen las cosas, y al poco rato empieza a acariciar la idea contradictoria de la inmortalidad: ¿Cómo irán a ser las ciudades y los matrimonios en quinientos años más? De ahí a los retorcimientos de la ciencia ficción hay un paso. No sólo Ray Bradbury jugó con la idea de viajar al pasado y cambiar el mundo atrapando una mariposa. Pero eso no es posible, no para el individuo o persona natural, y en cambio sí lo es trasladarse de un bostezado zuácate al porvenir.
Cada vez que nos quedamos dormidos damos un salto al futuro: al despertar, el mundo le habrá dado una vuelta más a sus tuercas. Con algo de esfuerzo, podemos entnderlo como como un encuentro lleno de sorpresas, tecnológicas incluso (el auto no parte). Gran idea, medita el insomne, ya tengo una razón para dormir: la curiosidad de saber cuán estrambótica me parecerá la realidad mañana.
Abandonada así la idea del suicidio, la noche es más dulce, gracias a - piensa el insomne - esa curiosidad ante el amanecer próximo y lejano. Pero cuando la muerte llega por su cuenta, como un agravio físico que se impone, también puede la curiosidad ser un sedante cómplice. Postrado en su lecho de muerte en 1988, el poeta Enrique Lihn le preguntó al también poeta Alberto Rubio qué emoción, a su juicio (y Rubio era juez), podía experimentar alguien que, como el propio Lihn, se aprestaba a morir vencido por la enfermedad. "Curiosidad", respondió el amigo, era ésa una muerte acompañada, y dicen que Lihn se serenó al ver legitimada una curiosidad que, más allá de los probables descreimientos metafísicos, no podía dejar de sentir.
El insomne lee al portentoso Lihn y se maravilla de que, esta vez, no le quite el sueño. "Dormir, qué feliz atajo en dirección al porvenir", se ilusiona dando una vuelta de carnero, "así voy adelantando camino". ¿Hacia dónde? Hacia la muerte futura, claro está, pero no se lo digan.



Vicente Montañés, diario Últimas Noticias,
miércoles 16 de septiembre.

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